Para amplificar las voces de quienes ya están haciendo este trabajo, creé un proyecto de entrevistas llamado Feliz Fin del Mundo. En él converso con personas que han transformado su dolor en proyectos, su duelo en visión. Artistas, activistas, pensadorxs —individuos que rechazan la desesperanza no por ingenuidad, sino porque están enraizadxs en la acción. Estas historias no buscan consolar, sino encender: inspirar a otrxs a vivir desde una postura social activa y a contribuir, a su manera, a un mundo que aún es posible.
Mi trabajo se mueve entre espacios íntimos y conversaciones internacionales —círculos comunitarios, universidades, conferencias— incluyendo escenarios como los Nobel Peace Talks. Hablo sobre conciencia eco-social, sostenibilidad psicológica, la política del duelo, los arquetipos como tecnología cívica, y por qué los movimientos necesitan reparación y arquitecturas internas sólidas tanto como necesitan estrategias y hojas de cálculo. Estas arquitecturas internas son esenciales para la adaptación. Ante el colapso climático, la ruptura social y el desborde colectivo, la capacidad de adaptarse sin anestesiarse, de sentir sin derrumbarse, y de mantenerse lúcidx sin quemarse no es solo un desafío personal —es político. La adaptación comienza adentro, en la infraestructura emocional de quienes cargan con el futuro.
Capítulo IV. De las salas de estar a los escenarios globales
Co-fundé y formo parte de una ONG llamada El Mundo Duele. Brindamos acompañamiento psicosocial a activistas y defensorxs de la vida y del planeta. Diseñamos protocolos de acompañamiento, retiros para la reparación, foros de inteligencia compartida y espacios para lxs hijxs de activistas que heredan tanto el coraje como el cansancio. Nuestra premisa es simple: el cuidado es una estrategia. No se puede pedir a las personas que sostengan la línea por el mundo vivo mientras abandonan sus mundos internos. Por eso construimos puentes entre terapeutas y movimientos, entre el duelo y la política, entre el burnout y nuevas formas de resiliencia colectiva.
Capítulo III. El Mundo Duele
Trabajo en la intersección entre el método arquetípico, la teosofía, la alfabetización en trauma y las prácticas contemplativas. Mi oficina a veces es una ventana de Zoom, a veces un círculo, a veces una hoja de papel con un tablero dibujado de serpientes y flechas.
Lo que solemos hacer juntxs:
— Recalibrar sistemas nerviosos secuestrados por la baja autoestima, el agotamiento por cuidar a otrxs, el burnout, el duelo, la ansiedad, los ataques de pánico, la incertidumbre prolongada, los cambios vitales difíciles, los conflictos internos, las crisis de identidad y los patrones familiares heredados.
— Explorar patrones arquetípicos para descubrir territorios ocultos en la psique —porque detrás de cada problema persistente suele esconderse un beneficio secundario. No trabajamos solo para disolver síntomas, sino para comprender qué necesidad interna están tratando de proteger— y encontrar formas más vitales y afirmativas de satisfacer esa necesidad.
— Construir una gobernanza interna que pueda sostener la labor externa que viniste a realizar en este mundo.
Capítulo II. La terapia como compañía y práctica cívica
Mientras exploraba la psique, también cursaba una maestría en Relaciones Internacionales. No quería entender solo la conciencia humana, sino qué la moldea: la geopolítica, la memoria, la religión. Incluso lxs ateos están impregnadxs de discurso religioso; incluso las heridas más íntimas a menudo resuenan con historias coloniales. Por eso hoy puedo acompañar a personas criadas entre culturas, religiones y revoluciones.
Como parte de ese camino, trabajé con inmigrantes del Magreb, escuchando sus relatos de desarraigo, trauma y esperanza. Su dolor nunca era solo personal —era geopolítico. También realicé una investigación doctoral sobre artistas latinoamericanxs que resistieron las dictaduras a través de la poesía conceptual, las instalaciones, el performance —el arte de la desobediencia como forma de memoria histórica, de reparación, de resistencia cívica—, una manera de codificar la protesta cuando se censura el habla, de recordar cuando se queman los archivos, de activar la conciencia colectiva cuando el discurso público es silenciado.
Fue el encuentro con el dolor personal lo que me llevó a explorar la psique. Pero fue a través del arte que descubrí herramientas para investigarla —no como estética, sino como lenguaje para lo que no puede decirse en voz alta. Al entrevistar a artistas que desafiaron a las dictaduras, no conocí a pintores clásicos ni intérpretes convencionales, sino a periodistas, líderes políticos y visionarixs sociales que recurrieron al arte porque el espacio público les había sido negado. Cuando se censuraban las palabras, quedaban las metáforas. El arte se volvió resistencia —no solo expresión, sino supervivencia.
Paralelamente, trabajaba estrechamente con migrantes magrebíes en Europa. Sus historias estaban impregnadas de silencios y vergüenza, y aun así, su dolor no era individual: había sido producido por políticas públicas, por regímenes migratorios, por residuos coloniales. Estos encuentros me ayudaron a ver cuánto de lo que cargamos no es realmente “nuestro” —sino heredado de la historia, producido por estructuras sociales, incrustado en ideologías.
A través de estas experiencias, empecé a reconocer mitos, patrones y arquetipos que, silenciosamente, escriben el guion de nuestras vidas.
Capítulo I. Cuando el poder moldea el alma
Empecé a asociar esa estación con la muerte — o, mejor dicho, con las transiciones. Imaginaba las montañas de Lhasa, donde los cuerpos eran devueltos al cielo, y donde se jugaba el antiguo juego tibetano de la liberación. Y, a través de una serie de coincidencias extrañas y poéticas, descubrí otro juego: gyān caupaṛ, o Serpientes y Flechas, que se convirtió tanto en mi espejo como en mi mapa.

Jugaba obsesivamente. Comencé a interpretar el tablero a través de la psicología, el mito, la teoría del trauma. Creé ejercicios y preguntas para diseccionar mi psique. Muchos de esos mismos ejercicios aparecen hoy en las ceremonias que guío y en el libro que escribí —que será publicado por Inner Traditions en diciembre de 2025.
Cuando tenía 17 años, me enfrenté a la muerte por primera vez. El día de mi graduación de la escuela secundaria, mi primer amor fue atropellado por un coche. Leer sobre la muerte es una cosa. Sostener su silencio entre los brazos es otra muy distinta. Estaba completamente desorientada, incapaz de comer o dormir, aplastada por el duelo. Hubo un momento en el que me paré junto a las ventanas del apartamento donde vivía, en el piso 23, convencida de que solo había una salida. Pero cerca de esas ventanas había una gran estantería, y en un momento de desesperación, mis ojos se posaron en la “Enciclopedia de las Religiones del Mundo”, abierta en el capítulo sobre el budismo. Leí sobre el bardo, ese hilo entre el cuerpo y el alma, y el renacimiento de la conciencia —y eso me dio justo el aire suficiente para quedarme.
El duelo se convirtió en mi primer maestro real. La primavera siguiente, murió mi abuela. Luego murieron tres seres queridos más, siempre en primavera, justo cuando la naturaleza florecía.
Kora Antarova, "Dos Vidas"
En la naturaleza no existen los secretos, solo distintos niveles de conocimiento.
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